Jaén – Madrid – Jaén
El último fin de semana del año ha sido la oportunidad para hacer algunas de las cosas pendientes del 2008. Como siempre me ha pasado, funciono muy bien bajo presión, mirando a los ojos al fin de plazo y, como sabía, no haría este viaje a Madrid hasta que no tuviera cerca el fin del año.
Más no he podido apurar y lo he hecho durante el 27 y el 28. Resumen del viaje: muy bueno. No es que haya pasado nada especialmente emotivo o novedoso, sino que todo el viaje ha sido un cúmulo de situaciones nuevas que ha hecho que, como diría una amiga, “el fin de semana pareciera larguísimo por todas las cosas que se hacen en él”.
Explicaré un poco mi experiencia por si alguien que lea esto se anima a repetirla. Salida de Jaén a las 8.38 del sábado en tren. El tren ha sido lo peor. ¿Cómo es posible que Jaén esté a 4 horas en tren de Madrid? Normal que haya tardado tanto en viajar a Madrid, si es que se van las ganas. 8 horas en tren en 2 días dan ganas de todo menos de viajar. En fin, dicho esto, el viaje de ida fue incómodo literalmente. Un tren hecho para personas de 1,70 en el que alguien de 1,85 descubre todas las formas posibles de ir encogido sin molestar al que llevas sentado enfrente y que te obliga a luchar por hacerte con el reposabrazos con tu compañera de asiento. Cuatro horas dan para mucho…
La llegada a Madrid fue lo mejor. Caminar por esas calles, ese movimiento de gente, esa tranquilidad de la mañana que para el madrileño es anodina y que para el visitante es estimulante fue algo que me encantó. El sábado fue un buen día, especialmente por la noche. Madrid en Navidad, las calles llenas de gente y la zona de los garitos (eso dice Pereza en su canción) con muchísimo ambiente. Os recomiendo “La mazmorra” si vais por allí.
Para qué engañarnos, lo peor de la noche fue que hay demasiado monumento estático en esta ciudad. Soy alguien a quien le gustan los monumentos pero tengo una muy baja tolerancia hacia ellos. Me explico: es precioso ver el juego de luces que los señalan por las noches, el gentío, pero para mí son piedra sobre piedra. No me dice nada una piedra, no genera en mí la capacidad de transportación a otras épocas que despierta en la mayoría de sus visitantes. Yo soy más de disfrutar viendo el gentío, viendo cómo la gente de Madrid va como a una quinta velocidad que no empleamos nunca en Jaén y ver las mil y una formas que tiene la gente para salir adelante con ingenio y picaresca. Esto sí me encanta. Esa sobreestimulación continua que está sobrecargando cada calle céntrica, el mirar para un lado y ver una realidad totalmente distinta a la del lado contrario. Todo esto me enriquece. Abajo las piedras y arriba las personas.
El fin de semana pasó y llegó el momento (muchos viajes de metro de por medio) de retornar. Como no podía ser de otra manera, otra vez perdí muchísimas horas por el tren (4 de viaje más 2 de espera) pero esa espera mereció la pena. Una de las cosas que me maravilla de Madrid es que saca mi lado más friky en cuanto a baloncesto y aficiones se refiere. No era raro verme esperar mientras leía una revista de baloncesto y tenía otras 3 a la espera para repasarlas durante toda esa tarde interminable. Entre el hojear de páginas de estas revistas, veo aparecer por Atocha al Ricoh Manresa. ¡Qué gran dilema! ¿Me acerco? Nadie se acerca. ¿Me acerco? ¡Nadie se acerca! Al final nada. Me quedé con la espinita clavada porque entre ellos iba Jordi Grimau, que además de jugador ACB es el sobrino de Tiny Grageras, el ténico de Radio Unión Catalunya con el que tenía muy buenas conversaciones antes de entrar en antena el año pasado para colaborar en Pick & Roll. No obstante, menos mal que no me acerqué porque tenía pensado también preguntarles cómo habían quedado (mi desconexión este fin de semana del baloncesto en vivo ha sido una tortura y no sabía ni un resultado) y al llegar a mi casa comprobé que habían perdido de 30 puntos con el Madrid. Afortunadamente no pregunté.
Como la vida suele dar segundas oportunidades, una vez que me monté en el tren de vuelta a Jaén visioné a otra celebrity. Se trataba de Blas Moya, cuyo nombre tal vez no os recuerda a nada pero que a mí, consumidor asiduo de TV, me resultaba muy familiar. Sus papeles en series de Antena 3 le hacían un rostro que conocía perfectamente pero al que no sabía cómo entrarle. Casualmente se sentó delante mía y encontré el momento de hacerle la pregunta. Resutó ser alguien de lo más amable con el que desafortunadamente sólo puede hablar durante 2 minutos por una inoportuna llamada telefónica que tenía que atender y me alegré de atender, todo sea dicho.
Lástima que no pude hacerle a Blas la pregunta del millón: ¿En qué estás metido ahora? Pero para estas cosas está el amigo Google y él me dijo que ahora mismo está dedicado a la formación. De hecho es profesor de interpretación para niños en la escuela de Carmen Roche. Casi nada.
Lo siguiente fue la llegada a un Jaén lluvioso. Ya estaba en casa.
¡Feliz año a todos/as!
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